Hola a todos.
El otro día en el programa Redes de Eduard Punset, se puso un ejemplo de inteligencia animal. A un grupo de monos se le dejó fruta a su alcance, mientras que otro grupo estaba detrás de una valla, desde donde se podía ver la fruta pero no cogerla. Una de las monas que sí podía alcanzarla se la ofrecía a los miembros del otro grupo y, cuando estaban a punto de hacerse con ella, se la retiraba para burlarse de ellos. Explicaban que el acto implicaba inteligencia porque la mona era capaz de imaginar lo que sentían los otros.
Estoy de acuerdo en que actos como el de la mona requieren cierta inteligencia, pero poca. Una mona más lista hubiera ido un poco más allá y se habría puesto completamente en el lugar del otro, sintiendo su frustración y su rabia hasta el punto de superar la satisfacción por tocar las narices. De hecho, si fuera más lista podía haber pensado que en el futuro le podía tocar a ella estar al otro lado de la valla, con lo que antes le hubiera convenido haberse llevado bien con sus vecinos.
Comportamientos como el de la mona se ven a diario entre las personas. A mi modo de ver, tanto el egoísmo como la mala fe son síntomas bastante claros de tener las miras cortas. Pensar en las consecuencias de nuestros actos y mostrar empatía supone más esfuerzo intelectual. Si nos esforzáramos en ello, nos iría mejor como especie. Por desgracia, parece que las ganas de fastidiar aparecieron muy pronto en la carrera por convertirnos en lo que somos. ¿Llegaremos en algún momento a librarnos de ellas? Más nos vale.
lunes, 30 de agosto de 2010
jueves, 18 de febrero de 2010
Y de regalo, una entrada para el estupidiario: el cappuccino del VIPS
Hay una cosa que me gusta de los VIPS: el cappuccino. El café es malo de narices, pero con los cappuccinos ponen una bola de nata que lo compensa con creces. Me encanta el contraste de frío/calor, café asqueroso/nata deliciosa.
Aquí viene la gracia: dentro de los menús del VIPS puedes tomarte de postre unas tortitas con nata, café y no sé cuántas cosas más, pero no un cappuccino. Yo siempre intento hablar con el camarero y explicarle lo caro que resulta hacer unas tortitas frente a un cappuccino. Si el camarero tiene con dos dedos de frente, termino con un cappuccino en la mesa. Si no,...
Señores del VIPS: por favor, metan el cappuccino en el menú. Y no rebajen la calidad de la nata.
Gracias.
Aquí viene la gracia: dentro de los menús del VIPS puedes tomarte de postre unas tortitas con nata, café y no sé cuántas cosas más, pero no un cappuccino. Yo siempre intento hablar con el camarero y explicarle lo caro que resulta hacer unas tortitas frente a un cappuccino. Si el camarero tiene con dos dedos de frente, termino con un cappuccino en la mesa. Si no,...
Señores del VIPS: por favor, metan el cappuccino en el menú. Y no rebajen la calidad de la nata.
Gracias.
Inflexibilidad
Salud a todos los que me estáis leyendo.
Una de las cosas que más asocio a los tontos es la falta de flexibilidad. El tonto se agarra a la norma y a la costumbre como si le fuera la vida en ello, lo que encuentro fascinante. Son los amigos del no, porque lo digo yo, porque lo dice la norma o porque lo dice el Padre Domingo Ortega. Qué castigo divino...
En el trabajo, la cerrazón suele ir de la mano de la mediocridad. Añade a la mezcla el cargo de jefe, agita, y tienes una pesadilla andante. El jefe mediocre y cerrado de mollera se cierra en banda en cuanto se siente cuestionado, cosa que ocurre con frecuencia, claro. Usa la norma como arma arrojadiza para terminar con las discusiones que se le escapan de las manos. Se siente a gusto en su redil de seguridades artificiales, donde todo está perfectamente controlado. Y es probable que él mismo intente tapar los posibles huecos a base de proponer nuevas reglas.
Lástima que la vida sea tan imprevisible. Debe de ser muy duro encontrarte de golpe con que las cosas no son como debieran, sino como son. Que tu niño te salga fontanero cuando tú le veías ingeniero, o que el tren se averíe, o que tu pareja te ponga los cuernos, es menos duro cuando sabes que las cosas se apartan del rumbo que intentamos ponerle. Shit happens.
No quiero decir con esto que esté en contra de las normas. Por el contrario, creo que son útiles, pero con mesura. Y que, llegado el momento, hay que saber saltárselas. Por cierto, esto da gustito (también con mesura).
Mientras escribo esto tengo puesta en la tele "Cadena perpetua". La he visto más de cinco veces, y la he disfrutado todas. Supongo que algo habrá tenido que ver en ponerme a escribir esto.
Algo.
Una de las cosas que más asocio a los tontos es la falta de flexibilidad. El tonto se agarra a la norma y a la costumbre como si le fuera la vida en ello, lo que encuentro fascinante. Son los amigos del no, porque lo digo yo, porque lo dice la norma o porque lo dice el Padre Domingo Ortega. Qué castigo divino...
En el trabajo, la cerrazón suele ir de la mano de la mediocridad. Añade a la mezcla el cargo de jefe, agita, y tienes una pesadilla andante. El jefe mediocre y cerrado de mollera se cierra en banda en cuanto se siente cuestionado, cosa que ocurre con frecuencia, claro. Usa la norma como arma arrojadiza para terminar con las discusiones que se le escapan de las manos. Se siente a gusto en su redil de seguridades artificiales, donde todo está perfectamente controlado. Y es probable que él mismo intente tapar los posibles huecos a base de proponer nuevas reglas.
Lástima que la vida sea tan imprevisible. Debe de ser muy duro encontrarte de golpe con que las cosas no son como debieran, sino como son. Que tu niño te salga fontanero cuando tú le veías ingeniero, o que el tren se averíe, o que tu pareja te ponga los cuernos, es menos duro cuando sabes que las cosas se apartan del rumbo que intentamos ponerle. Shit happens.
No quiero decir con esto que esté en contra de las normas. Por el contrario, creo que son útiles, pero con mesura. Y que, llegado el momento, hay que saber saltárselas. Por cierto, esto da gustito (también con mesura).
Mientras escribo esto tengo puesta en la tele "Cadena perpetua". La he visto más de cinco veces, y la he disfrutado todas. Supongo que algo habrá tenido que ver en ponerme a escribir esto.
Algo.
domingo, 3 de enero de 2010
El tonto con pito
Salud a todos los que me estáis leyendo.
Nélida repite de cuando en cuando una frase que se refiere a la entrada de hoy: cualquier tonto con pito, capitán general.
Por algún motivo que desconozco, los tontos suelen tener cierto afán de protagonismo. El tonto no es capaz de determinar hasta dónde llega su responsabilidad, no es consciente de quién se la proporciona ni de las consecuencias de sus decisiones. Se ponen contentos de tener algo que les aparte temporalmente del desprecio que suelen provocar en los demás, y ejercen sin pararse a pensar si el pito les viene grande. Y a veces se atribuyen responsabilidades sin que nadie se lo pida.
Estas Navidades he tenido un familiar ingresado en el hospital. Normalmente, cuando los médicos pasan a ver a los pacientes hacen que los acompañantes salgan de la habitación, pero algunos permiten que se queden. El caso es que mientras dos personas limpiaban la habitación, vinieron los médicos y yo me salí, pero me quedé junto a la puerta intentado oir lo que decían. Cuando me vio una de las limpiadoras, le pidió a la otra que cerrara la puerta. Cuando la volví a abrir, vino ella y la cerró. La mala leche que me entró en ese momento tenía que haber bastado para provocarle por lo menos flatulencia.
No contenta con eso, cuando salió de la habitación se puso a darme un discurso sobre las normas del hospital. "Los acompañantes se tienen que salir cuando vienen los médicos". Yo, que no sé callarme, le contesté que eso dependía de los médicos, a lo que me dijo "Eso es con todos los médicos". Tuvo que cerrar la boca cuando le dije que esa misma mañana me había quedado dentro cuando vinieron otros especialistas.
Y digo yo: ¿quién es esa señora para decidir por los médicos? ¿Molestaba yo a alguien? ¿Hubiera hecho lo mismo si fuera su hijo el que estuviera ingresado?
Este tipo de personaje aparece perfectamente reflejado en "La lista de Schindler". Se trata del policía del ghetto judío. Cuando uno de los judíos que va a entrar le pregunta qué es la insignia que lleva en el abrigo, le contesta orgulloso que el Judenrat tiene su propia policía. "¿Te imaginas, yo policía? Sé que cuesta creerlo...", a lo que el otro contesta con sorna "No, no me cuesta creerlo".
Ni a mí.
Nélida repite de cuando en cuando una frase que se refiere a la entrada de hoy: cualquier tonto con pito, capitán general.
Por algún motivo que desconozco, los tontos suelen tener cierto afán de protagonismo. El tonto no es capaz de determinar hasta dónde llega su responsabilidad, no es consciente de quién se la proporciona ni de las consecuencias de sus decisiones. Se ponen contentos de tener algo que les aparte temporalmente del desprecio que suelen provocar en los demás, y ejercen sin pararse a pensar si el pito les viene grande. Y a veces se atribuyen responsabilidades sin que nadie se lo pida.
Estas Navidades he tenido un familiar ingresado en el hospital. Normalmente, cuando los médicos pasan a ver a los pacientes hacen que los acompañantes salgan de la habitación, pero algunos permiten que se queden. El caso es que mientras dos personas limpiaban la habitación, vinieron los médicos y yo me salí, pero me quedé junto a la puerta intentado oir lo que decían. Cuando me vio una de las limpiadoras, le pidió a la otra que cerrara la puerta. Cuando la volví a abrir, vino ella y la cerró. La mala leche que me entró en ese momento tenía que haber bastado para provocarle por lo menos flatulencia.
No contenta con eso, cuando salió de la habitación se puso a darme un discurso sobre las normas del hospital. "Los acompañantes se tienen que salir cuando vienen los médicos". Yo, que no sé callarme, le contesté que eso dependía de los médicos, a lo que me dijo "Eso es con todos los médicos". Tuvo que cerrar la boca cuando le dije que esa misma mañana me había quedado dentro cuando vinieron otros especialistas.
Y digo yo: ¿quién es esa señora para decidir por los médicos? ¿Molestaba yo a alguien? ¿Hubiera hecho lo mismo si fuera su hijo el que estuviera ingresado?
Este tipo de personaje aparece perfectamente reflejado en "La lista de Schindler". Se trata del policía del ghetto judío. Cuando uno de los judíos que va a entrar le pregunta qué es la insignia que lleva en el abrigo, le contesta orgulloso que el Judenrat tiene su propia policía. "¿Te imaginas, yo policía? Sé que cuesta creerlo...", a lo que el otro contesta con sorna "No, no me cuesta creerlo".
Ni a mí.
sábado, 12 de diciembre de 2009
Estupidiario: ¡Que ya he marcao!
Hola a todos.
Como estoy viendo que me está quedando la cosa muy genérica, voy a ir recogiendo ejemplos concretos de nuestro comportamiento estúpido, que van a ir directos a una sección a la que llamaré Estupidiario.
El otro día fui a comprar una chorrada al súper de al lado que costaba 92 céntimos. Cuando ya le había dado 1 euro a la cajera, me di cuenta de que tenía centimillos en el monedero, monedas de 1, 2 y 5 céntimos a las que tengo una manía que no veas. Cuando veo que la cajera me va a devolver varias monedillas más de esas, surge el siguiente diálogo:
- Yo: ¿quieres dos céntimos?
- Ella (con la caja aún abierta): es que ya he marcao.
- Yo (alucinado con la respuesta): Ya, pero te doy dos céntimos y así sólo me das una moneda de diez.
- Ella (cerrando la caja disimuladamente con el pulgar y de mosqueándose): ¡Es que ya he marcao!
Con la caja cerrada, se acabó la conversación. Y menos mal, porque tenía toda la pinta de convertirse en un bucle.
Salí de allí cabreado, no tanto por las pocas ganas de entender que demostró la cajera, sino por el detalle de cerrar la caja para zanjar el asunto.
En fin.
Como estoy viendo que me está quedando la cosa muy genérica, voy a ir recogiendo ejemplos concretos de nuestro comportamiento estúpido, que van a ir directos a una sección a la que llamaré Estupidiario.
El otro día fui a comprar una chorrada al súper de al lado que costaba 92 céntimos. Cuando ya le había dado 1 euro a la cajera, me di cuenta de que tenía centimillos en el monedero, monedas de 1, 2 y 5 céntimos a las que tengo una manía que no veas. Cuando veo que la cajera me va a devolver varias monedillas más de esas, surge el siguiente diálogo:
- Yo: ¿quieres dos céntimos?
- Ella (con la caja aún abierta): es que ya he marcao.
- Yo (alucinado con la respuesta): Ya, pero te doy dos céntimos y así sólo me das una moneda de diez.
- Ella (cerrando la caja disimuladamente con el pulgar y de mosqueándose): ¡Es que ya he marcao!
Con la caja cerrada, se acabó la conversación. Y menos mal, porque tenía toda la pinta de convertirse en un bucle.
Salí de allí cabreado, no tanto por las pocas ganas de entender que demostró la cajera, sino por el detalle de cerrar la caja para zanjar el asunto.
En fin.
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Estupidiario
domingo, 6 de diciembre de 2009
Los hombres grises
Un saludo a todos los que me estáis leyendo.
Uno de los rasgos que considero característico de la estupidez es el adocenamiento. Me refiero al tipo medio, al hombre gris. Al mediocre.
El adocenado se siente seguro compartiendo la opinión común, comportándose como se espera de él. Visten discretamente, rayando lo insulso. Si se lo puede permitir, conduce un coche grande de marca que contamina un huevo, lo mismo que le importa, o mejor, un 4x4, que contamina dos. Si no, se siente frustrado. Malcome en un sitio barato (siempre el mismo), y nunca va al teatro, aunque puede que sí al fútbol, deporte de masas. Los fines de semana, pulula por algún centro comercial con su pareja e hijos, y ve la tele a diario, que para eso de adocenar, va que ni pintada. Y piensa que, si vas a comer al Bulli, sales con hambre.
El adocenado es ahorrador, porque el dinero da mucha seguridad. Además, tener dinero está bien visto, y de eso se trata. Puestos a ahorrar, no tiene problemas con pagar en negro o hacer todo tipo de chanchullos, algo bastante habitual en España. La idea de lo común es completamente impermeable para él.
Al adocenado no le gustan los perros. Si tiene uno, es para enseñarle quién es el amo. A los perros tampoco les gustan los adocenados.
El adocenado no crea. Imita. Está en el mundo por ver estar a los demás.
En el trabajo, se les identifica fácilmente en las reuniones, porque se mantienen muy calladitos, o bien dicen muy alto lo que consideran la opinión general. Pocas cosas hay peores que un jefe mediocre, de esos que se sienten amenazados por las iniciativas de sus subordinados. Cuidadito con ellos, señores directivos. Estén atentos a los silencios y a los aduladores, y no duden en levantar la alfombra ante el menor atisbo de duda.
La naturaleza del adocenado le hace abstenerse en las elecciones, y no es difícil que lo reconozca en público, como si demostrara con ello alguna neutralidad. Si serán tocinos, que para una vez que les dejan decidir en cuatro años, van y se callan...
Adocenados del mundo, no os unáis más de lo que estáis.
No puedo con ellos.
miércoles, 2 de diciembre de 2009
Ponte las orejeras
Salud a todos los que me estáis leyendo.
He tenido poco tiempo últimamente para cuidar mi nuevo retoño. Suerte que necesita poca agua...
Hay un mal necesario de la vida moderna que no deja de martillear mi conciencia: la especialización.
La especialización permite que un grupo reducido de personas puedan centrar sus esfuerzos en tareas muy específicas, como buscar una cura para el cáncer o la diabetes, determinar la naturaleza de la materia hasta el último quark, o preparar con muchísimo trabajo un postre que hace que eches humo por la nariz cuando le das un bocado, mientras se te saltan las lágrimas por la revolución que sientes en tu boca. Parece bastante claro que sin la especialización no habríamos llegado al desarrollo científico y técnico que tenemos hoy. Hemos alcanzado una cantidad de conocimientos tan amplia, que una persona media es incapaz de abarcar más que una pequeña parte, aun dedicando toda la vida al estudio, lo que tampoco es muy común.
Sin especialización no tendríamos todo eso, pero la especialización también tiene una cara mucho más dañina: ha generado una cantidad ingente de puestos de trabajo en los que grandes grupos de personas no tienen que pensar prácticamente nada, como ocurre con los cajeros de cualquier tipo, los agentes de movilidad, los integrantes de cadenas de producción (el colmo de la especialización), los agentes de bolsa,... En realidad, como ocurre con casi cualquier trabajo.
Pero, si no tienen cuidado, el cajero del supermercado y el de los quarks acabarán compartiendo una cosa: la falta de amplitud de miras, lo que deriva en estupidez.
El caso más patente de esto se da con los médicos. Prueba a decirle que te duele un dedo a un reumatólogo, a un traumatólogo, a un oncólogo y a un neurólogo, a ver qué te cuenta cada uno. Creo que el que menosprecia al que tiene la amplitud de miras (el médico de familia), se equivoca de plano.
Os propongo un pequeño ejercicio. No volváis a decir que sois cajeros, informáticos, científicos o fotógrafos. Cambiad de perspectiva y decid que trabajáis de lo que sea (y es así, porque el oficio no lo llevamos en la sangre). Dejad abierta la puerta de la diversidad y utilizad vuestro tiempo libre para que entre algo por ella.
P.D: siempre me han llamado la atención las películas de ciencia ficción en las que viene un extraterrestre de por ahí, se pega un castañazo en la Tierra, y se lía a arreglar su nave espacial, a montar un equipo de telecomunicaciones, a organizar una invasión a nivel planetario, o a todo a la vez. ¡Yo quiero tener un cabezón de esos!
He tenido poco tiempo últimamente para cuidar mi nuevo retoño. Suerte que necesita poca agua...
Hay un mal necesario de la vida moderna que no deja de martillear mi conciencia: la especialización.
La especialización permite que un grupo reducido de personas puedan centrar sus esfuerzos en tareas muy específicas, como buscar una cura para el cáncer o la diabetes, determinar la naturaleza de la materia hasta el último quark, o preparar con muchísimo trabajo un postre que hace que eches humo por la nariz cuando le das un bocado, mientras se te saltan las lágrimas por la revolución que sientes en tu boca. Parece bastante claro que sin la especialización no habríamos llegado al desarrollo científico y técnico que tenemos hoy. Hemos alcanzado una cantidad de conocimientos tan amplia, que una persona media es incapaz de abarcar más que una pequeña parte, aun dedicando toda la vida al estudio, lo que tampoco es muy común.
Sin especialización no tendríamos todo eso, pero la especialización también tiene una cara mucho más dañina: ha generado una cantidad ingente de puestos de trabajo en los que grandes grupos de personas no tienen que pensar prácticamente nada, como ocurre con los cajeros de cualquier tipo, los agentes de movilidad, los integrantes de cadenas de producción (el colmo de la especialización), los agentes de bolsa,... En realidad, como ocurre con casi cualquier trabajo.
Pero, si no tienen cuidado, el cajero del supermercado y el de los quarks acabarán compartiendo una cosa: la falta de amplitud de miras, lo que deriva en estupidez.
El caso más patente de esto se da con los médicos. Prueba a decirle que te duele un dedo a un reumatólogo, a un traumatólogo, a un oncólogo y a un neurólogo, a ver qué te cuenta cada uno. Creo que el que menosprecia al que tiene la amplitud de miras (el médico de familia), se equivoca de plano.
Os propongo un pequeño ejercicio. No volváis a decir que sois cajeros, informáticos, científicos o fotógrafos. Cambiad de perspectiva y decid que trabajáis de lo que sea (y es así, porque el oficio no lo llevamos en la sangre). Dejad abierta la puerta de la diversidad y utilizad vuestro tiempo libre para que entre algo por ella.
P.D: siempre me han llamado la atención las películas de ciencia ficción en las que viene un extraterrestre de por ahí, se pega un castañazo en la Tierra, y se lía a arreglar su nave espacial, a montar un equipo de telecomunicaciones, a organizar una invasión a nivel planetario, o a todo a la vez. ¡Yo quiero tener un cabezón de esos!
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